viernes, 8 de marzo de 2013

Joder con el cumpleaños



Efectivamente, hoy es mi desgraciado cumpleaños. ¿Y por qué es desgraciado? Pues bien, déjame comenzar por el inicio.

Capítulo uno: El puto platillo del mal. 7 de marzo - día anterior a mi cumpleaños


Erase una vez, una muchacha con cara de flojera, caminando en el Aventura Center  - Quien no lo conozca, que lo busque en Google -. Obligada forzosamente a ir, para acompañar a su madre a dejar a la más pequeña de la familia a la fiestecilla de una amiga. Esa chica (La con cara de aburrida) era efectivamente yo. 

Mi "adorada" madre se había puesto a hablar con unas viejujas, haciendo hora hasta que terminase la fiesta. Si es que se le podía llamar así a un montón de mini personas corriendo y gritando imbecilidades por el lugar, al tiempo que comían cuchuflís. El punto es, que una de las mini-personitas tenía una hermana mayor, compañera de curso mía. De pronto, la vi por allí caminando, junto a otras dos chicas. Una que hacía tiempo se fue de colegio, la otra también mi amiga. Eran como Ángeles celestiales en ese segundo, casi les hago un sacrificio humano allí mismo por salvarme de mi aburrimiento. Nos saludamos, y entonces me preguntaron si quería subirme con ellas a una de las atracciones mecánicas del lugar. Me encogí de hombros, aceptando la propuesta. Acto seguido, me dirigí hacia mi progenitora, para pedirle dinero y pagar la entrada.

Poco después, me acomodaba en los duros asientos del Tagadá. Ya me había subido antes, y no era la gran novedad. Quiero decir, es una atracción bastante famosa, después de todo. Agarrada cual piojo a los fierros en donde uno se sostenía para no salir volando, respiré profundo. Odiaba ese desgraciado juego, pero bueno, ya me había subido. Así que, allá vamos. La porquería comenzó a girar, y a moverse como si se sacudiera las pulgas. Yo saltaba como Canguro en celo, afirmándome como podía. El puto platillo del mal - Como decidí apodarle - estaba moviéndose muy fuerte. Y como yo tengo menos suerte y coordinación que... que absolutamente todo el universo, me golpeé en la cabeza reiteradas veces. Treinta y ocho mil doscientos cuarenta y trés, para decir un número aproximado. Me dolía todo el desgraciado cuerpo, y quería bajarme de esa cosa endemoniada de una vez. Así que, con mi poca vergüenza acostumbrada, comencé a gritar.

- ¡PAREN ESTA MIERDA!

Y, los imbéciles que manipulaban los controles del platillo, hicieron caso a mis súplicas. Me daba vuelta el mundo, así que me bajé con cara de pocos amigos, y con un moretón en la cabeza del porte de Roma. Insulté a todo el puto mundo interiormente, a la vez que me despedía de mis amigas, que se bajaron cuando terminó el "lindo jueguecito" 

Esperé como media hora sentada en una puta banca, con dolor hasta en el trasero, esperando a mi "preciosa" madre y hermanas. Grité un "¡Aleluya!" cuando por fin decidieron que nos fuéramos  Apenas llegué a mi casa, me acosté en mi cama y me quedé dormida. Todavía susurrando improperios al desgraciado juego. Esa noche decidí que jamás en mi vida me subiríadecisión que se reafirmó al otro día.

Capítulo dos. Feliz cumpleaños mis cojones - 8 de marzo, el fatídico día.

Cuando desperté por la mañana, me giré en la cama para seguir durmiendo, mientras mi madre me apuraba. Fue una pésima idea. El dolor que recorrió mis músculos fue jodidamente horrible. Me dolían hasta los pelos de la nariz, sin exagerar, claro. Obviamente, me levanté de todas formas para ir al colegio, el cual tanto amaba. Y sí, lo anterior fue sarcasmo. No podía ni mirar para el lado sin que me doliera el cuello, y tampoco podía girarme. Mi espalda se sentía como si treinta trolls hubieran marchado encima. Hablo de los trolls tipo el que atacó a Hermione, no de el meme subnormal que pobla las redes.

Llegando a la cárcel (colegio), lo primero que recibí fue un amoroso y apretado abrazo de Cumpleaños. Grité como si estuviera pariendo, lanzando improperios a una amiga. Cuando al fin me soltó, le expliqué la situación de mi espalda adolorida. Por lo menos ella me abrazó desde adelante, ya que mi adorada Isidora lo hizo por detrás. La insulté y grité como si no hubiera mañana, y la pobre con carita de cachorro degollado sin saber qué hacer. 

Lamentablemente, ese no fue el último abrazo, ni la última explicación del por qué de mis gritos y dolor que tuve que dar. Con un humor de perros y deseando que se mueran todos a mi alrededor, pasé el resto de la mañana recibiendo toda clase de felicitaciones por parte de mis compañeros - Que si no fuera porque otros lo comentaban, o porque lo vieron en FaceBook, no tendrían ni idea de la fecha - 

Gracias a todos los cielos (¿Hay más de uno? Rara expresión) la jornada de clases acabó de una vez. Cabe decir, que el curso me cantó la estúpida cancioncilla del "Feliz Cumpleaños", provocando que casi me suicidara en el acto. Uno no sabe qué demonios hacer mientras le cantan eso, tan solo mira a otros lados con una sonrisa estúpida pegada en la cara, rogando que se acabase pronto la incomodidad. 

Y como mi mamá es una "santa", se le ocurrió pasar al supermercado, comprando la famosa tortita y mil imbecilidades más. De esas tonteras que compran las mamás por si acaso.  Y yo obligada a estar allí, muriéndome de dolor de espalda, cuello y etcétera. Encima con el alegre humor que tenía.

¡Aleluya! Al fin llegábamos a casa. Almorzamos tranquilamente, y me fui a recostar a la cama, con el notebook encima. Apenas entré a FaceBook, ya salía que poco más de treinta personas habían publicado en mi perfil (Nunca le diré Biografía, para mí siempre se llamará PERFIL y punto), diciendo: "Feliz cumpleaños, pásalo bien" y sería. Respondí gracias a algunos, y a otros los mandé a la mierda interiormente. Gente que ni conocía me felicitaba por haber nacido, solamente porque el sitio le decía que hoy era el cumpleaños. 

En fin, la tarde llegó rápido. Y de pronto "¡Ding dong!" El "lindo sonido" del timbre resonó en la casa. Cuando abrieron la puerta, dos figuras ancianas se plantaban frente a ella, con la clásica sonrisa de abuelito. Efectivamente, eran mis putos abuelos para felicitarme de mi cumpleaños.

"Genial" Pensé "Ahora viene la mini reunión familiar. Puto cumpleaños"

- Felices quince, mijita - Inserte voz de abuelita empalagosa aquí - Que lo pase muy muy bien y que Dios la bendiga.

Sí, sí ¿Cuándo se supone que se acabaría esto? Suspiré, aún dolorida. Mi adorada abuela me abrazó, saludándome y felicitándome.

- ¡Mierda! - Mi grito se escuchó por toda la casa.

La cara del abuelo fue épica, me miraba como si fuera el mismísimo Diablo. Menos mal que no sabían sobre mi Agnosticismo, o si no ya veo que me queman. Ellos eran muy religiosos. 

Otra vez le expliqué las razones a mi abuela, y ella - por suerte - lo entendió, perdonándome la grosería. Me senté a la mesa con cara de Póker, mientras por segunda vez en el día me cantaban la puta canción. Forcé una sonrisa, comiendo de la "tortita" que mi mamá había comprado. Así pasó el tiempo, yo sonriendo como imbécil mientras los abuelos me daban buenos deseos, aguantándome como podía el dolor de espalda. Lo único que quería era que se jodieran todos, e irme a acostar de una estúpida vez.

Se fueron al fin, dejándome un regalo. 30.000 CLP (Como 57 dólares, algo por el estilo) casi los violo en el acto, des-haciéndome en agradecimientos. Por fin algo bueno en todo el día, me compraría libros con ese dinero. Casi babeaba imaginándome los dos libros que hace tiempo quería.

Resumiendo, el día de mi cumpleaños (Y el anterior) fueron una semi-mierda. Lo único que le daba el lado positivo, era el regalo. De todas formas, mis abuelos fueron un amor. La que estaba de un humos de perros era yo, por haberme subido al puto, pero muy puto Tagadá. Si no fuera por ese desgraciado y mierda de juego, no habría tenido ese dolor en todo el cuerpo. Y sin dolor, no mal humor ni groserías gracias a los abrazos. Y sin puteadas, amor para el mundo. Tengo ganas de ir a quemar ese puto juego.


¿Mencioné que odio aquella estúpida atracción en forma de platillo?

miércoles, 6 de marzo de 2013

Dejar de existir [RELATO]

Dejar de existir.
En las últimas semanas, mi mente había estado tan seca como un desierto. Ningún brote de inspiración  se hacía ver, en la tierra infértil que era en esos momentos mi cerebro. Acomodado en un sillón, leía una novela de fantasía en busca de la semilla creativa; alumbrado por la lamparita en mi mesa de noche. En un escritorio cercano, yacían los materiales con los que ejercía mi oficio: Una pluma y un papel. Era como si los dos ansiaran ser usados, aunque fuera para narrar un simple relato; pero ni eso se me ocurría. Estaba completamente vacío de ideas, ya casi veía las telarañas crecer en las esquinas de me cráneo. Polvoriento, aciano; arrugado como mi piel.
Los ojos con vista borrosa, el pelo canoso. Ése era yo, un anciano al cual la vida se le escapa en cada suspiro. Un escritor, uno que había visto pasar el tiempo demasiado rápido. Fugaz, sin aprovecharlo. Suspiré con la mirada perdida, sin lograr concentrarme otra vez en el libro.
De pronto, unos puntos de colores comenzaron a bailar ante mí, al tiempo que un curioso mareo me invadía. "Quizás se deba a que no he dormido mucho" Pensé, a la vez que un sueño impresionante se unía a las sensaciones anteriores. Poco a poco, mi vista se oscureció; hasta que se volvió todo negro. Intenté combatir, sintiéndome desfallecer. Ya no escuchaba, no podía hablar. Solamente pensaba.
Sentía que algo tiraba de mí hacia arriba, intentando llevarme consigo. Pero no físicamente, tiraba de mi espíritu. Como si de alguna forma, intentase sacarme de mi cuerpo. Súbitamente, vi mi cabeza desde arriba, vi mi propio cuerpo inconsciente. Me debería haber asustado, pero por alguna razón no lo hice. Tampoco quise luchar, no tenía ganas ni impulsos de hacerlo. Lentamente mi cabeza se comenzó a alejar. Poco después miraba la sala de mi casa. Todo se volvió negro por un segundo, y al siguiente, veía el techo de mi hogar desde arriba.
Subía y subía, alejándome cada vez más de mi ciudad. Las casas empequeñecían, hasta que ya las pude distinguir. Casi sin darme cuenta, terminé tan lejos que podía ver el mismísimo planeta Tierra
Ante mis ojos estaba la galaxia, y yo aún seguía yendo más arriba.
Me hallé rodeado de estrellas, al fin quedándome quieto. ¿En dónde estaba? ¿Era aquel alguno de esos famosos viajes astrales? Me llevé la mano a la cara, o al menos lo intenté. Entonces me di cuenta de que no tenía mano. No, yo solamente era una conciencia que podía ver, un alma. Mi cuerpo había quedado en la tierra, como un envase el cual dejó de servir.
"¿Esto es el cielo?"
De la nada y entre un remolino de reflexiones, pensé en lo enana que se veía la Galaxia desde allí. Pequeños puntos, de los cuales ni siquiera se distinguía el Planeta. Minúsculo, casi insignificante. Y en un lugar más microscópico, vivíamos mi familia y yo. Junto a un montón más de humanos de los cuales no conocería ni una décima parte. Tanta gente moría y nacía en un segundo... Me sentí como un insecto, dándome cuenta - como muchas veces antes - de que yo no era nadie. De que no era nada.
Mi nombre desaparecería en poco menos de dos generaciones más. Mi recuerdo no perduraría, mis descendientes ni siquiera sabrán quién era yo. Nadie me recordará en un par de décadas, o en menos años incluso.
Mis libros no eran tan buenos como para que mi persona sea recordada, tal como el de Shakespeare. Yo no  había hecho nada importante. El nombre Cristóbal Muñoz se perdería para siempre entre todos los otros que se llaman como yo.
"Estoy muriendo"
Era aquello lo más probable, dudaba que fuera un sueño. Pero esperaba que fuera así.
Cuando terminé de pensar en todo aquello, me fijé en algo. Me rodeaba la oscuridad absoluta. ¿Desaparecería ahora? Mi conciencia, ¿Se estaría apagando poco a poco?
Mis recuerdos ya no estaban, ni siquiera sabía si alguna vez tuve familia. ¿Yo era hombre o mujer? Ni rastro de eso descansaba en mi mente. ¿Quién era... yo? ¿Había vivido... en otro lugar antes de esa oscuridad?




Y entonces, dejé de existir.